Ningún día puede comenzar bien cuando hay que tomar el tren de la ex línea Sarmiento en horario crítico, hoy concesionado a la empresa TBA. El tiempo que se pasa allí dentro es como un tour al Holocausto, como un viaje fugaz a los campos de exterminio. Es como ser judío durante la segunda guerra mundial o armenio durante la primera. Allí el sistema se revela en toda su crudeza: mientras las empresas están protegidas y tienen garantizado su negocio, las personas son reducidas a una precaria condición de insecto y nada valen más que como estadísticas para calcular ganancias. La empresa concesionaria recibe millonarios subsidios por parte del Estado; y para que todos los pasajeros paguen su boleto, TBA establece un rígido control en las 16 estaciones que hay a lo largo de sus casi 40 kilómetros de recorrido. Pero los individuos son transportados en las condiciones más denigrantes, los vagones están destruidos, la gente viaja hacinada, los servicios se suspenden sin aviso, hay permanentes demoras, accidentes continuos y desperfectos cotidianos.